Protocolos

Las primeras 24 horas de una crisis

Maji Comunicación · 4 min de lectura

Reloj y sala de reuniones en penumbra

En una crisis, el reloj juega en contra. Lo que se haga —o se deje de hacer— en las primeras horas condiciona todo lo que viene después. No porque haya que tenerlo todo resuelto de inmediato, sino porque el primer movimiento marca el tono.

Antes que hablar, saber. El primer impulso suele ser responder cuanto antes. Pero comunicar sin información contrastada es la forma más rápida de convertir un incidente en un desastre. La prioridad de la primera hora es activar el comité de crisis y reunir hechos: qué ha pasado, a quién afecta, qué sabemos con certeza y qué no.

Una sola voz. La organización debe hablar con una única fuente de verdad. Designar al portavoz, centralizar los mensajes y evitar que cada departamento improvise por su cuenta es lo que separa una respuesta coordinada de un coro de versiones contradictorias.

El primer mensaje. No hace falta tener todas las respuestas para decir algo. Un mensaje breve —reconocemos la situación, estamos recabando información, la seguridad de las personas es la prioridad, informaremos en cuanto tengamos datos verificados— compra tiempo sin comprometer nada y demuestra que la empresa está al mando.

Dentro antes que fuera. Los empleados no deben enterarse de la crisis por las redes. Una comunicación interna clara y temprana evita filtraciones y rumores, y convierte a la plantilla en aliada en lugar de en altavoz del problema.

Registrar y revisar. Todo lo que se decide en esas horas debe quedar documentado. Servirá para mantener la coherencia mientras la crisis evoluciona y, después, para aprender.

Las primeras 24 horas no se ganan con suerte, se ganan con protocolo. Tenerlo preparado antes —y haberlo ensayado— es lo que permite actuar con cabeza cuando todo parece urgente.

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